“Casa La Roca, una imagen de Miguel Coelho”

Llevo días fascinado por esta imagen y quisiera analizarla, intentar dar razón de lo que la hace tan especial… Punto de vista: he ahí la cuestión—no hablo solo de dónde está el diafragma al abrirse, sino del lugar que ocupa vitalmente el ojo que crea, que construye la imagen.
Decir que el autor de ésta ha conseguido ver el edificio sobre el que fija su atención sería quedarse obscenamente corto, porque una cosa es realizar una excelente fotografía de arquitectura, y otra muy distinta hacer arquitectura con una fotografía: el arquitecto sabe percibir la vida de los objetos y potenciarla con las relaciones que entre ellos crean sus acciones, ofreciéndoles un marco en el que poder vibrar—de pronto, el manillar y el sillín de una bicicleta vieja se convierten en la quintaesencia de una cabeza de toro—pero sobre todo sabe activar y modular el vacío, el espacio. El espacio, como cualquier otro campo, lejos de ser algo homogéneo y neutro, está sujeto a variaciones de intensidad: no poseen la misma carga vital los veinte centímetros que nos separan de unos labios amantes o de la mano que se tiende para salvarnos de una caída mortal que veinte centímetros de un paseo al atardecer.
La estructura de esta imagen es sofisticada: sobre un campo dividido en dos mitades, se crea un complicado equilibrio dinámico, articulado tanto sobre el eje principal como sobre las diagonales—siempre es muy arriesgado utilizar simultáneamente formas opuestas de ordenar porque hacerlo exige que de su combinación emerja un resultado imposible de obtener si una de las dos desapareciera.
En esta obra se construye un teatro: se integra el entorno activándolo, compeliendo a la palmera y a las casas circundantes a ser espectadores que vierten sus almas diversas en el escenario—la tibia expectativa de algunas, la indiferencia de otras, las dos ventanas que clavan su mirada en el protagonista desde la primera fila, los cíclopes gemelos en la cúspide de la colina—; se acentúa el poder que confieren al protagonista vertical su aislamiento en la terraza, aún en presencia de los actores secundarios, y la misteriosa abertura horizontal desde la que controla todo; se conduce hasta el límite la relación eléctrica establecida entre él y el árbol, cuya curiosidad llega a perforar la caja del escenario para observarlo mientras flota ante el mar; se consigue que el peso extraordinario del azul de ese minúsculo trozo de mar equilibre el del cielo, tensando como un arco el mundo que se dobla tras la pared de madera.
Es absolutamente determinante para llevar estas relaciones a su máximo potencial que la altura del protagonista vertical coincida con la línea en que la pared se convierte en techo y, por tanto, con el marco superior de la abertura por la que entran en la imagen árbol, mar y horizonte; es extraordinario el movimiento de cascada creado entre la frontera cielo-techo, el protagonista y el parapeto de la terraza, que incita a la mirada, en conjunción con la dirección de las sombras, a flotar hacia el cielo. La energía se disipa hacia la izquierda y hacia arriba y se concentra horizontalmente y hacia la derecha, modulando la densidad del espacio, que aumenta progresivamente desde el cielo hasta ser casi tangible justo antes de dispararse hacia el horizonte—en ocasiones, llega uno incluso a percibir toda la mitad derecha de la imagen como un único elemento enfrentado a los demás, un remolino que se sale del encuadre y gira condensándose hacia esa ventana inverosímil que es casi un ojo de huracán—pero esa gradación de densidad relativamente homogénea sufre a mitad de camino una perturbación, una sacudida: el hecho de que la mayoría de las relaciones que construyen la imagen se articulen respecto al plano que la divide en dos mitades, el hecho de que se vean forzadas a atravesarlo constantemente, lo atiranta como la piel de un tambor, hace de él un umbral—¿la cuarta pared?—que carga la mirada cada vez que ésta lo cruza. He ahí el fruto de la combinación magistral de dos sistemas opuestos de composición, la cuerda floja en la que el punto de vista de Miguel Coelho es capaz de hacer saltos mortales sin red.
Esta imagen no tiene fondo… Muy agradecido por tanto deleite.
Pablo Díaz Espinosa
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